EL NIÑO Y EL CRISTO AGONIZANTE:

Nacido hace 60 años en la huerta alicantina, Bartolomé aún conserva en el gesto tímido algo de ese niño que paseaba soledades en el seminario de Orihuela (Alicante), y creaba sus propias andas en miniatura para una figurilla de San Roque que le había regalado su padre.

Imposible señalar el momento en que este hombre espigado, de porte quijotesco y tez muy morena sintió por primera vez la irremisible llamada de la vocación artística.

Quizás en ese instante de cántaros rotos, en el que, siendo un niño, desde los brazos de su madre, lloró con desconsuelo ante la visión de un Cristo agonizante de Salzillo.

Esa anécdota del niño deshecho en llanto siempre me ha traído a la memoria aquel episodio de La Divina Comedia en el que Dante, al escuchar el lamento de las ánimas condenadas, sufre un desmayo. ¿No es, acaso, esa sensibilidad la que permite al artista capturar la trágica belleza de un instante que para tantos puede pasar desapercibido?

Fue sin duda en el regazo de aquella mujer humilde donde despertó en Bartolomé, por sabe Dios qué razón, esa emoción intensa que rinde los sentidos y que sólo unos pocos tienen la valentía de afrontar y dominar, y aún menos tienen el talento de emplear en la creación de algo Bello.

No fue fácil para Bartolomé, el hacer entender su vocación a un entorno iletrado, en una España, además, que había salido maltrecha de una guerra civil y convalecía tristemente en los años de dictadura.

Curiosamente, la misma terquedad con la que su madre se aferró al sueño de tener un hijo maestro es la que a él le llevó en su día a dejar con lo puesto su Orihuela natal, para estudiar Bellas Artes en Valencia.

He ahí ese primer acto de valentía, ese primer bautismo de fuego, sacrificio y despojo del artista que llegaría a ser. Que tomen nota aquellos que hoy, con pocos años a sus espaldas, se lanzan a la aventura vocacional.

Bartolomé me regaló mi primer libro de arte hace ya muchos años. Un tomo dedicado a la pintura impresionista. Aquel presente tendió un puente de comprensión entre nosotros, que han venido a apuntalar los años transcurridos, y las mil y una anécdotas sobre su vida que me ha relatado infinidad de veces, con intacto entusiasmo.

En efecto, Bartolomé tiene muchas cosas que contar. Desde las penurias pasadas en sus años de estudiante en Valencia, hasta sus aventuras en el Madrid de la movida que tan descaradamente representara el cine de Almodóvar, pasando por las disparatadas anécdotas con las que regresa de sus viajes, y sin olvidar lo aprendido en las empresas profesionales más variopintas.

Y es que, este artista oriolano, que dice haberse sentido siempre libre para hacer ‘artísticamente’ lo que le ha apetecido, nunca ha puesto límites a su deseo irreprimible de crear: diseño de periódicos y portadas de discos, escenografía teatral y para televisión, talleres de teatro para niños, clases de pintura en la Facultad de Bellas Artes de Salamanca, imaginería y pintura… sobre todo, pintura.

Espíritu inquieto, renacentista o en continua expansión, como a mí me gusta representarlo, no es de extrañar que ninguna de las disciplinas en las que ha trabajado se le haya resistido.

Así, Bartolomé ha entrado en su madurez artística con la serenidad que le otorga el haber entregado toda una vida a su pasión. Pero sin perder esa capacidad para la sorpresa y la emoción.

Precisamente, hace poco, durante una visita a París, dábamos un paseo nocturno por el barrio de Le Marais, mientras él me contaba cómo se le habían caído las lágrimas contemplando las Nymphéas de Monet, en el Musée de l’Orangerie.

"Allí sentado, viendo las Nymphéas, me he dicho: yo ya me puedo morir tranquilo".

Por toda reacción, no pude más que asentir y sonreírle, redescubriendo en el sexagenario a ese niño compungido frente al Cristo de Salzillo, que probablemente –y eso es lo que le hace tan especial– todavía no sea consciente de lo grande que ha llegado a ser.

Sara Nso Roca, periodista, politóloga y sobrina del pintor
Paris, Enero 2009